El realismo mágico ecuatoriano, desde el “Mundo de Simón”, presenta:
LA MUERTE TENDRÁ QUE ESPERAR

Levantarse en la madrugada del día sábado cuando el sol rayaba por la cima de la montaña, era parte de nuestra costumbre para ir a correr por los caminos que adornaban el paisaje cerca de nuestra casa.
El verano se tardó en llegar ese año y en las mañanas aún se sentía un frío gélido, por ello me tomaba unos minutos para calentar los músculos y Simón, también estiraba su cuerpo, para terminar con una sacudida de todo su peludo cuerpo, para fijar su mirada en mí, mover su cola como hélice y mover su cabeza hacia la puerta de salida a la calle.
Salíamos de casa, sin tener un rumbo fijo, esta vez tomamos el camino de piedra en medio del bosque de eucaliptos, que en las primeras horas de la mañana, tenía un aroma delicioso.
El tiempo seco, ya dejaba ver sus huellas, porque junto a la mina abandonada, era posible distinguir el atajo por el que se podía ir a un punto alto desde donde se disfrutaba del paisaje del sector en todo su esplendor y que en el invierno había desaparecido.


