Hoy escribo con el corazón roto.
Desde que conocí la historia de Nathaly Mafla, algo dentro de mí no encuentra calma. Su nombre ha dejado de ser solamente un nombre; se ha convertido en el rostro de miles de jóvenes que cada día salen de sus hogares con sueños, cuadernos, proyectos y esperanzas, creyendo que regresarán al final de la jornada para abrazar nuevamente a sus familias.
En estos días he visto a Nathaly en cada una de mis guaguas. La he visto en mis sobrinas, en mis amigas, en todas aquellas mujeres que alguna vez fuimos estudiantes universitarias y que aprendimos a caminar con miedo en las calles, a enviar mensajes al llegar a casa, a compartir nuestra ubicación en grupos que creamos con amigas me viene el recuerdo de aquel "Nos Cuidamos Juntas" que muchas de quienes ahorita leen esto lo recordarán, desconfiando de la noche y, muchas veces, incluso del día.
Y me pregunto, con rabia y con dolor: ¿en qué momento permitimos que nuestros jóvenes crecieran rodeados por tanta violencia? ¿En qué momento normalizamos que estudiar, trabajar o simplemente volver a casa se convierta en un acto de valentía en el Ecuador?
Veo a mis estudiantes y me pregunto cómo sobreviven a un país que parece empeñado en arrebatarles la tranquilidad. Cómo les hablo de futuro cuando tantas puertas se cierran por el miedo. Cómo les hablo de ética de responsabilidad de esfuerzo y de esperanza cuando la violencia, la corrupción y la indiferencia parecen ocupar cada vez más espacio en nuestra realidad, y eso me duele por dentro.
¿Cómo se invita a soñar a una generación que observa cómo se desmoronan las certezas? ¿Cómo se les pide que crean en el mañana cuando tantas familias viven con la angustia de no saber si sus hijos regresarán a casa? Y las preguntas siguen y siguen….
Estás últimas noches mirando al techo de mi habitación pienso en los padres de Nathaly.
Pienso en ese dolor imposible de nombrar. En la silla vacía cuando vayan a tomar un cafecito de la tarde. En el silencio de una habitación. En los planes que quedaron suspendidos. En los abrazos que ya no podrán darse. No existe palabra capaz de reparar una ausencia así. No existe explicación que alivie una herida de esa magnitud.
Como mujer, como estudiante foránea universitaria que alguna vez fui, como profesional y como la profe de mis guaguas, siento indignación, impotencia y una tristeza inmensa. Pero también siento la obligación moral de escribir esto y no quedarme callada.
Porque no somos solo cifras carajo entiendan, detrás de cada nombre hay una vida. Hay una familia. Hay sueños. Hay una historia que merecía seguir escribiéndose.
Hoy, aunque no los conozca me permito abrazar en la distancia a la familia de Nathaly. Ninguna palabra será suficiente para acompañar un dolor tan grande, pero que sepan que miles de personas lloramos con ustedes. Que miles sentimos esta pérdida como propia.
Y que ojalá esta tragedia nos obligue como carchenses, como ecuatorianos y humanos de una vez por todas, a mirarnos como sociedad y preguntarnos qué estamos haciendo para proteger la vida, la dignidad y el futuro de nuestras guaguas.
Porque ninguna estudiante con su maleta llena de sueños debería salir a aprender y no volver jamás a casa, ninguna familia debería vivir un dolor que atraviesa todo entendimiento. Y ninguna sociedad puede acostumbrarse a llorar a sus hijos.
Disculparán alitas, pero ahora sí me dieron en el guacho.

Por: Valeria Montenegro.

