La nana

La nana.

Cármen cruza de vereda de prisa, se coloca en la fila para tomar el autobús, a esa hora de la mañana, los estudiantes inundan las calles y tomar transporte es casi una hazaña. Su mente en las cosas que dejó haciendo en casa: puso a lavar la ropa, atendió a su padre, preparó el desayuno para los chicos, adelantó el almuerzo, barrió la sala, sacudió los muebles, usando esa magia doméstica, de hacer tantas cosas a la vez.

Mientras peinaba a la Liz dio órdenes a los gemelos para que dejen lavando los platos y recomendó a Judit que no se olvide de llevar el lonch al trabajo. Sintió a su madre arreglando el dormitorio de su padre, luego tomaron café juntas, y ella salió. Ahora la imagina cuidando a su padre, que apenas la mira sonríe, aunque no sabe la razón de su alegría, pero sonríe.

En la parada de bus Cármen se aferra a su bolso negro, es nuevo, la patrona le regaló por su cumpleaños. -cincuenta y un años, ni parece, estoy fuerte, joven, guapa- Piensa y ríe para sí.

Un balcón para mirar juntos la vida

Un balcón para mirar juntos la vida

Un balcón para mirar juntos la vida

 

Con mi hijo por algunas ocasiones habíamos hecho cumbre en el volcán Chiles en la frontera entre el Ecuador y Colombia, este hecho se convirtió en un ritual en el vértice, entre un año que termina y otro que empieza y que nació cuando él era apenas un niño, porque yo quería mostrarle el mundo desde el balcón dónde podíamos verlo en su dimensión más lejana y profunda.

Esta vez en compañía de un hombre que parecería no hace tanto solo era un niño al que yo tomaba de la mano para protegerlo, ahora, la cima nos ofreció un momento sublime para sentarnos a mirar juntos el mundo desde arriba, para comulgar en la mirada, en los sueños y disfrutarlo por unos cuantos minutos.

En esta ocasión. pudimos hacerlo cuando para mi resulta el mirar desde arriba las cumbre que he conquistado en cualquier orden de la vida y para él las cumbres que ya traía en su mochila, pero sobre todo las que habría que conquistar en cualquier orden de su propia vida.

Esta vivencia fue un privilegio, cuando para mí, el horizonte tiene los colores del otoño en el atardecer y para él tiene los colores de la primavera cuando empieza el día.

 

Gracias a la vida por este momento sublime en esta paradoja que llamamos vida.

 

Jorge Mora Varela

Así nos miran ahora esos “locos bajitos”

Así nos miran ahora esos “locos bajitos”

Así nos miran ahora esos “locos bajitos”

 

Los momentos significativos como la navidad pueden servir para conocer el pensamiento profundo y los puntos de vista de esos “locos bajitos” que crecieron en todos los órdenes y que, con el paso de los años, tienen una particular forma de ver la vida en este caso la de sus padres.

Y eso es un privilegio.

Si les pido que miren hacia atrás:

 

Mi joven hijo diría: Para mis padres hay tres lugares que concentran los recuerdos más significativos: Tulcán, Quito y Tufiño–El Chiles.

 

Tulcán como el lugar que evoca el origen. Es el sitio al que siempre se puede volver para reencontrarse con amigos, familiares y afectos, y sentirse en casa. Aunque el clima sea frío, es un lugar profundamente cálido para el corazón, un espacio donde la pertenencia es inmediata y natural.

 

En Tulcán, con tres espacios especialmente significativos.

La casa de Anita y Gustavo, que ha sido siempre un lugar de encuentro y acogida. Una verdadera extensión de nuestro hogar en Tulcán, donde nunca faltan personas, una taza de café y una sonrisa. Allí vimos crecer a los “luceritos” y a tantos amigos a lo largo de los años, convirtiéndose en un espacio cargado de afecto y comunidad.

 

El cementerio, no desde una mirada tétrica, sino desde su profunda belleza y significado. Es una parada necesaria para visitar a quienes se adelantaron, a aquellos que se fueron antes de que mi memoria pudiera retenerlos, pero que recuerdo no con dolor, sino con amor profundo. Es un lugar al que siempre dan ganas de volver.

 

El lugar más simbólico que concreto: el sitio donde estuvo la casa de mi abuelita y nuestra antigua casa familiar, cerca del terminal. Aunque soy el único de la familia que no la recuerda con claridad, me resulta profundamente valioso reconocer ese espacio. Entender de dónde venimos, los sacrificios y las decisiones de mis padres, es una forma honesta de recordarnos hacia dónde vamos.

 

Tufiño y El Chiles, entendidos casi como un mismo territorio simbólico, representan la mística familiar. Son lugares donde, a través de un ritual de respeto y amor por la naturaleza y la tierra —que también es familia—, hemos encontrado una suerte de santuario. Allí se honra la vida y se reafirma el tipo de personas que aspiramos a ser; un sitio al que siempre se puede volver.

Quito representa el hogar. Es la ciudad donde crecimos, donde aprendimos sobre la vida y donde nuestros padres nos acompañaron, brindándonos las herramientas y posibilidades necesarias para salir adelante, no solo en el país, sino en el mundo. Quito como la memoria, formación y sostén.

 

Mi señorita hija diría

 

Para ellos, Tulcán: lugar de nacimiento y vida. Lo que son y lo que creen está profundamente arraigado a la ciudad que los vio nacer. El sentido de pertenencia e identidad.

 

Maldonado el lugar del crecimiento personal y los cimientos de un matrimonio joven se forjaron en ese lugar, poniéndose al servicio de los demás.

 

Tufiño, con un par de anécdotas puntuales, pero en el sentido general se siente como viajar en el tiempo para reconocer personas que fueron parte de la historia de la familia. Pensar en Tufiño es un retrato en sepia de la vida atrapado entre dos décadas.

La iglesia de La Dolorosa, lugar dónde se casaron y renovaron votos. Símbolo de creencias y amistad.

La casa del terminal, nuestro hogar, donde empezó la familia.

El parque donde iban a jugar a la resbaladera siendo niños, mucho antes de saber que se pertenecían.

 

Los dos coinciden que un deber irrenunciable de ser padres, es el ser una especie de exploradores que descubrieron y descubrirán otros espacios, porque así entienden la manera de ser, para encontrar promesas de  descubrir lugares extraordinarios para compartir, para disfrutar, para celebrar, para sellar la vida como ellos la entienden y la quieren heredar.

 

Tomado de un par de textos de Jorge Humberto y Daniela del 25 de diciembre del 2025.

 

Jorge Mora Varela

 

EL LUJO DE TENER SECRETOS

EL LUJO DE TENER SECRETOS

EL LUJO DE TENER SECRETOS

Qué grato resulta haber podido cometer algunos pecados cuando no había dispositivos móviles, ni internet, ni redes sociales que los hagan visibles.

¿Imagínate cual sería nuestra reputación si algunas de nuestras correrías de juventud se hubiesen conocido y difundido por las redes sociales, como se hace hoy?

De nosotros los viejos solo se podrían sospechar de amores furtivos, de brindis interminables, de noches vehementes, de amistades disonantes.

Por el contrario, en la contemporaneidad, todo puede y es público, nada parece escapar a los lentes de cualquier celular o de las cámaras de las vías, los edificios, de las casas, de las calles, de cualquier parte, por lo tanto, sería poco probable que se pudiesen mantener en secreto los amores furtivos, los brindis interminables, las noches vehementes o las amistades disonantes.

Ahora es posible saber tanto de un incidente, porque se pueden tener tantas y tantas versiones, que ayudan a identificar a las víctimas y a los victimarios, en los accidentes se pueden determinar causas, librar de culpas o de sentenciar de forma pública a los culpables, en los deslices se pueden dar pelos y señales, entradas y salidas, visitas seudo clandestinas, todo en tiempo presente.

Ahora ya no se necesitan testigos que testifiquen a favor o en contra, testimonios bajo juramento, ahora parecen bastar y sobrar las imágenes o los videos.

En lo particular no acaba de gustarme el ser observado todo el tiempo, ni poder marcar los límites entre lo privado y lo público, sin que me pidan mi autorización y sin saber de dónde viene el ojo que todo lo ve y que todo lo sabe.

No sé cuál debería ser la línea roja que demarque cuando un acto lícito para al campo de lo lícito o atenta contra lo ético y lo moral, hasta dónde deben estar los ojos que captan imágenes y movimientos de cualquier persona y en cualquier lugar.

Yo vengo del tiempo donde era posible haber podido cometer algunos pecados, deslices o actos que ahora pudiesen entrar en la viralidad y que esas fechorías leves o graves puedan y deban pertenecer al dominio de lo personal y privado.

Entonces yo pertenezco a ese selecto grupo de personas (y cada vez menos) que pueden darse el lujo de poseer una información personal, secreta, desconocida, privada, que no tendrá fecha para la desclasificación de los hechos que podrían acalorar el ánimo de alguien y eso me hace feliz, muy feliz.

 

Jorge Mora Varela

 

 

La playa dónde al morir la poeta nació Alfonsina y el mar

La playa dónde al morir la poeta nació Alfonsina y el mar

Tenía la oportunidad de ir al océano Atlántico, en dónde por primera vez en mi vida podría observar cómo empieza el día cuando el sol nace desde el mar, la posibilidad de observar este hecho natural me llenaba de emoción, pues yo vengo desde el lado del mundo dónde el sol muere en el océano para que llegue la noche.

Me sentía como niño que quería dormir pronto para observar algo que nunca había visto “el nacimiento del día que nace desde el mar”, como un regalo que me daba la vida en mis años otoñales.

amanecer en Mar del Plata b

Como en las mejores películas de drama: amaneció y la neblina acompañada de una ruidosa tormenta no permitía ver nada. En el segundo amanecer apenas el filo del mar y las escolleras que rompían la monotonía del mar gris.