La última lágrima
Era el pintoresco nombre con un cierto timbre entre “sarcástico y poético” de la cantina de mala muerte frente al cementerio de la ciudad.
Era el refugio de todos los personajes del pueblo, sin importar su edad, ni sus ocupaciones, se los podía identificar de acuerdo a la hora en que llegaban a ese amago de taberna y lo hacían sin prisa y luego de unas horas se alzaban el cuello de su abrigo y se retiraban con una sonrisa de cómplice y pecaminosa satisfacción.
Por ese lugar pasaron los señores profesores, los taxistas, los cambistas de monedas, los abogados, jueces y amanuenses, los estudiantes, también los consuetudinarios cargadores del mercado, nunca faltaron los futbolistas que venían del Quillasinga a la cantina, para festejar la victoria o para amortiguar la derrota, para discutir el resultado del partido, para insultar a la madre del árbitro, para analizar las estrategias de juego o para pasar el agridulce sabor del empate.




