Así nos miran ahora esos “locos bajitos”
Los momentos significativos como la navidad pueden servir para conocer el pensamiento profundo y los puntos de vista de esos “locos bajitos” que crecieron en todos los órdenes y que, con el paso de los años, tienen una particular forma de ver la vida en este caso la de sus padres.
Y eso es un privilegio.
Si les pido que miren hacia atrás:
Mi joven hijo diría: Para mis padres hay tres lugares que concentran los recuerdos más significativos: Tulcán, Quito y Tufiño–El Chiles.
Tulcán como el lugar que evoca el origen. Es el sitio al que siempre se puede volver para reencontrarse con amigos, familiares y afectos, y sentirse en casa. Aunque el clima sea frío, es un lugar profundamente cálido para el corazón, un espacio donde la pertenencia es inmediata y natural.
En Tulcán, con tres espacios especialmente significativos.
La casa de Anita y Gustavo, que ha sido siempre un lugar de encuentro y acogida. Una verdadera extensión de nuestro hogar en Tulcán, donde nunca faltan personas, una taza de café y una sonrisa. Allí vimos crecer a los “luceritos” y a tantos amigos a lo largo de los años, convirtiéndose en un espacio cargado de afecto y comunidad.
El cementerio, no desde una mirada tétrica, sino desde su profunda belleza y significado. Es una parada necesaria para visitar a quienes se adelantaron, a aquellos que se fueron antes de que mi memoria pudiera retenerlos, pero que recuerdo no con dolor, sino con amor profundo. Es un lugar al que siempre dan ganas de volver.
El lugar más simbólico que concreto: el sitio donde estuvo la casa de mi abuelita y nuestra antigua casa familiar, cerca del terminal. Aunque soy el único de la familia que no la recuerda con claridad, me resulta profundamente valioso reconocer ese espacio. Entender de dónde venimos, los sacrificios y las decisiones de mis padres, es una forma honesta de recordarnos hacia dónde vamos.
Tufiño y El Chiles, entendidos casi como un mismo territorio simbólico, representan la mística familiar. Son lugares donde, a través de un ritual de respeto y amor por la naturaleza y la tierra —que también es familia—, hemos encontrado una suerte de santuario. Allí se honra la vida y se reafirma el tipo de personas que aspiramos a ser; un sitio al que siempre se puede volver.
Quito representa el hogar. Es la ciudad donde crecimos, donde aprendimos sobre la vida y donde nuestros padres nos acompañaron, brindándonos las herramientas y posibilidades necesarias para salir adelante, no solo en el país, sino en el mundo. Quito como la memoria, formación y sostén.
Mi señorita hija diría
Para ellos, Tulcán: lugar de nacimiento y vida. Lo que son y lo que creen está profundamente arraigado a la ciudad que los vio nacer. El sentido de pertenencia e identidad.
Maldonado el lugar del crecimiento personal y los cimientos de un matrimonio joven se forjaron en ese lugar, poniéndose al servicio de los demás.
Tufiño, con un par de anécdotas puntuales, pero en el sentido general se siente como viajar en el tiempo para reconocer personas que fueron parte de la historia de la familia. Pensar en Tufiño es un retrato en sepia de la vida atrapado entre dos décadas.
La iglesia de La Dolorosa, lugar dónde se casaron y renovaron votos. Símbolo de creencias y amistad.
La casa del terminal, nuestro hogar, donde empezó la familia.
El parque donde iban a jugar a la resbaladera siendo niños, mucho antes de saber que se pertenecían.
Los dos coinciden que un deber irrenunciable de ser padres, es el ser una especie de exploradores que descubrieron y descubrirán otros espacios, porque así entienden la manera de ser, para encontrar promesas de descubrir lugares extraordinarios para compartir, para disfrutar, para celebrar, para sellar la vida como ellos la entienden y la quieren heredar.
Tomado de un par de textos de Jorge Humberto y Daniela del 25 de diciembre del 2025.
Jorge Mora Varela

