60 años del ciclismo carchense

60 años del ciclismo carchense

60 años del ciclismo carchense

 Contado a mi manera

Hace unos cuantos años, paseaba con mi perro Simón, por los caminos empedrados cercanos a mi casa en el sector de los valles en la ciudad de Quito, por dónde van los trotadores y los ciclistas que disfrutan de la aventura del deporte en condiciones agrestes y hermosas.

Aquella mañana venía desde el otra lado del camino un grupo de ciclistas y al cruzarnos en el camino, alguien gritó:

Hey… Ciclista a la vistaaaaa....

Cuando regresé a mirar para intentar identificar quien era la persona que repetía el título del relato que está plasmado en el Libro de mi autoría, Retazos del Tiempo, solo pude mirar que alguien levantó la mano y se alejó con sus compañeros y jamás pude identificarlo.

Pero esta anécdota fue suficiente para justificar la razón para escribir sobre las cosas que embellecen nuestra vida.

Todo empezó en el año 2008, mientras estudiaba en Italia junto a profesionales de los cinco continentes y en un momento quise contarles sobre la literatura que describiese lo bello de mi pueblo, no había nada.

Al volver a mi país, fue como cuando se alinean los astros, pude recibir el apoyo de las autoridades de la Ciudad de Tulcán para publicar un libro de vivencias carchenses y la genialidad de mi amigo el Ing. Edwin Sánchez Osejo y su página Tulcán Online, pude plasmar en él, las historias de las personas de Tulcán y del Carchi, que no debía inventar, solo recordar y narrar.

Y de entre tanto que contar, el ciclismo era, es y será un gran filón de inspiración para descubrir y descubrirnos como pueblo, como identidad, como idiosincrasia, como cultura.

 

Esto me lleva a la anécdota que cuenta Facundo Cabral cuando recuerda que le preguntaron a la madre de Gabriel García Márquez sobre la literatura de su hijo y ella respondió “yo de literatura no sé nada, solo sé que todas las historia que escribió el Gabo, al él se las contaron” 

 

Los triunfos deportivos son hermosos como los juegos pirotécnicos, brillantes, pero fugaces. La historia, los grandes triunfos y la cultura hacen que las victorias se conviertan en el firmamento permanente que embellece los pueblos, les da identidad y los determina para las generaciones que vendrán y que tendrán una senda a seguir, porque allí se rompe los versos del poeta español Antonio Machado y popularizado por Juan Manuel Serrat, cuando canta “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” porque ustedes los ciclistas del Carchi, marcaron la ruta por la que se podría continuar.

Cuando ya se traza un firmamento luciente y permanente, entonces se podría decir “caminante si hay camino y los jóvenes que vienen y los que vendrán tienen la libertad para seguir la huella y agrandar el sendero que ahora en la época de la hiper comunicación, se puede ver, admirar y conocer en tiempo real.

 

El científico y divulgador de las ciencias de la genética, el italiano Telmo Pievani nos recuerda que desde que apareció la vida en la Tierra jamás ha desaparecido, solo los seres individuales, nacen, se reproducen y mueren, pero la vida continúa.

Y sí para estar nosotros aquí, en esta sala, los primeros homo sapiens debieron salir de África hace unos 160.000 años por la Media Luna Fértil en el Medio Oriente, en el 1492, Colón llegó a las Islas del Caribe y sin querer descubrió América y en 1969, Neil Armstrong puso por primera vez sus pies en la Luna.

Traigo a colación estos datos para sostener que para que hoy exista Richard Carapaz, hay que regresar la mirada al inicio de la historia del ciclismo, hace 60 años, motivo de esta celebración y quizá más antes, a la prehistoria del ciclismo en el Carchi y para eso en su momento había recurrido a la memoria de mi amigo, el General de la Policía en servicio pasivo Federico Mera para que me cuente quienes fueron los primeros ciclistas y ¿Cómo nació la pasión por la bicicleta en la ciudad de Tulcán, esta afición que caracteriza a nuestro pueblo donde son frecuentes “pelotones de ciclistas en fila india”, que, con esta figura elástica y cimbreante embellecen nuestras carreteras, caminos y montañas.

 

Antes del Hipólito, del Jaime, del Arnulfo Pozo, antes del Carlos Padilla, antes de los Martínez, del Julio Imbacuán, del Luis Chugá, del Aníbal Gualagán y de otros tantos, tantísimos.

 

Había que retroceder el tiempo del Julio Esquitini, el Diomedes Urresta que corrían en las bicicletas de turismo, hasta que, por los años de 1950, Don Justo Freire del Castillo tuvo en Tulcán la primera agencia de bicicletas y claro el Justo Herrera y el Luis Salazar, el “Chutero” dejaron el oficio de “sombrereros”, para alquilar bicicletas que disfrutamos entre las calles empedradas de Tulcán, hasta el mismísimo “Luchito” tenía el placer de la libertad sobre dos ruedas y eso cambió la historia de la ciudad y la provincia.

 

En el año 1955 la 13 etapa de la tercera vuelta a Colombia que debía recorrer el tramo entre las ciudades de Pasto e Ipiales, por gestión de las autoridades tulcaneñas se corrió la etapa entre las ciudades de Pasto y Tulcán. Entonces en una tarde lluviosa llegaron los pedalistas al parque central y para el regocijo de los jóvenes tulcaneños llegaron los mejores ciclistas colombianos y quizá de Sudamérica, los Efraín Forero, Ramón Hoyos y el Pajarito Buitrago y en el Parque Ayora, dos muchachos, niños, los hermanos Pozo, Jaime e Hipólito solo se miraron, sonrieron y aseveraron “nosotros también podremos hacerlo”.

 

De ese tiempo es el Belarmino Castro que tenía una bicicleta Riley, una Hércules, una Norma y una Philips, hasta que su padre le compró la bicicleta al ciclista colombiano Ramón Hoyos, era de aluminio, delgadita.

De ese tiempo son el Fabián Cevallos, el Jorge Obando, el Miguel Viteri, el “loco” Viteri que dicen, que perdió la razón porque nunca pudo declararle su amor a la “Lucy Mera”.

De ese tiempo son gente que ya demostraba esfuerzo, disciplina como el Oswaldo Pozo, el "poncho-pellejo", en las vueltas a la Provincia del Carchi y en la ex Provincia de Obando en Colombia.

            Hay que recordar que fueron argentino Anselmo Zarlenga y el Lcdo. Oswaldo Salazar quienes, en 1966,  organizaron la 1° Vuelta Ciclística, en cinco etapas, con 75 pedalistas que representaron a 10 provincias de nuestro país y terminaron 40 ciclistas y todos sabemos que el ganador fue nuestro gran Hipólito Pozo González y su hermano Jaime el ganador en la categoría de Novatos, el 1 y 2.

Y allí comenzó la historia

Con nombres de jóvenes que de a poco se convirtieron en leyenda viva y que nos convoca hoy aquí.

 

Así nació el ciclismo y la pasión por el deporte del "pedal" en el Carchi, en Tulcán y muchísimos de nuestros jóvenes desarrollaron su talento, mostraron su coraje y le dieron alegrías infinitas a su pueblo, ganando vueltas, clásicas, cruces de los Andes, hasta que un día tocamos el cielo del ciclismo mundial, al ganar Richard Carapaz de forma brillante el Giro de Italia en el 2019 y el Oro Olímpico en las Olimpiadas del 2021 en Japón, pero para que haya sucedido estos acontecimientos brillantes del ciclismo carchense, hay una amplia y hermosa historia ciclística que nace en la mitad del siglo XX en Tulcán y que se proyecta de forma vibrante hacia el futuro.

De la rica historia del ciclismo se podrían escribir algunos libros o hacer una “Serie para Netflix”, la dinastía de los Pozo Gonzales, en las Olimpiadas de México o en el Cruce de los Andes, las luchas épicas entre el Juan Carlos Rosero y Pedro Rodríguez, el reinado de Montenegro, de Chiles, la potencia del Equipo de la Policía Nacional y con el Pablo Caicedo y tantos otros.

Los eternos lugares secundarios para los tungurahuenses de Víctor Hugo Morales o el pichinchano Jorge Llumigusín, en fin, tantas y tantas vivencias

El gran Atahualpa Yupanqui, nos recuerda que: Cuando una canción se vuelve popular, el dueño ya no es el cantor sino el pueblo, pues la música deja de pertenecer a su creador porque la comunidad la adopta como parte de su propia identidad.

 

Si hago el símil con el pensamiento del creador de “Los Ejes de mi carreta” al ciclismo del Carchi podríamos decir que, cuando una victoria ciclística se hace popular, el dueño ya no es el ciclista sino el pueblo, pues la victoria deja de pertenecerle al deportista, porque el pueblo la adopta como parte de su propia identidad.

Y eso le pasó al Hipólito, al Jaime, al Juan Carlos, al Pedro, al Pablo, al Héctor, al mismísimo Carapaz y a todos los ganadores que de alguna manera le entregaron sus victorias a la gente, que los aplaude o que con frecuencia también los critica.

 

En el relato Ciclista a la viiista…

Nos recuerda la niñez a quienes vamos por el otoño de la vida, a quienes vivimos fuera que cuando venimos a Tulcán son habituales la presencia de pequeñas hordas de ciclistas vestidos con trajes multicolores que se mecen de forma cadenciosa y dibujan serpentinas de color y movimiento al costado de la vía, en uno y otro sentido.

Y no es extraño encontrarnos en nuestras calles y parques con ustedes nuestros héroes deportivos, al natural, como ciudadanos.

A mediados del siglo XX, era natural, levantarse en la mañana e ir a buscar un sitio especial en el camino para ver pasar a los ciclistas.

Entonces había que llevar una radio de pilas para sintonizar la “Ondas Carchenses”, por allí enlazados a la Gran Colombia, a la Radio Nacional Espejo, de entre ellos los inolvidables Édgar Villarruel Caviedes.  Manuel “Lito” Pavón del Pozo, Hugo “el Gato” Zambrano, Ernesto Almeida, Eduardo Cárdenas, Edmundo “Lucky” Caicedo, entre tantos y tantos, describían con maestría las incidencias de las etapas de las vueltas y ese día había salido desde Ibarra.

“Señoras y señores, avanza la caravana ciclística, todos en pelotón compacto, van devorando los kilómetros, mientras recorren el valle del Juncal”.

Los equipos de otras provincias del Ecuador y de los demás países se turnaban para marcar a nuestros créditos, tratando de evitar una escapada, mientras bordeaban el río que separa las provincias de Imbabura y del Carchi.

Y allí empezaba el ascenso.

Nuestro corazón latía de prisa, nuestras manos empezaban a sudar mientras escuchábamos la radio.

“Vamos, es el momento de los ciclistas del Carchi, aquí nacimos, esta es nuestra tierra, estamos en casa, si ganamos la etapa volveremos a ser campeones de la vuelta”, decía el narrador.

El locutor describía con asombro y emoción creciente las incidencias de la vuelta: “…todo el pelotón asciende por las curvas en la cuesta que se pierde en el cielo, los ciclistas del Carchi pedalean de pie y buscan la escapada, sus contendores se aferran al manillar, en un esfuerzo que raya en lo sobrehumano, no pierden la rueda de los carchenses que asumen el liderazgo de la etapa y grueso del pelotón va disminuyendo”.

Mientras tanto el pueblo de Tulcán, nos regábamos por las laderas que terminaban en las Peñas, en el sector del “Guagua Negro”.

El grupo se había extendido como un tren humano y dibujaba un vaivén multicolor al fondo de la curva la “Huecada”, entonces los ciclistas tomaban una gran bocanada de aire. Ahí aparecía Jaime Pozo Gonzáles a la cabeza del pelotón, con su ritmo de pedaleo endemoniado, como si hubiese despertado y de repente sacaba a relucir toda su potencia.

El narrador extasiado por esa demostración de poder, gritaba emocionado, “comienza el ataque de “La Ardilla de la Montaña”.

Faltan unos pocos kilómetros para arribar al Guagua Negro.

De pronto se escuchó en la radio:

“CICLISTA A LA VIIISTA, CICLISTA A LA VIIISTA…”

No lo podíamos creer, era el maillot amarillo de Jaime Pozo Gonzáles que descendía desde el premio de montaña, en solitario, a una velocidad impresionante.

Nosotros aguzábamos la mirada para verlo pasar, aunque cruzó muy de prisa, solo dos segundos bastaron para que el reflejo de su maillot amarillo y sobre todo su mirada fija se grabaran para siempre en nuestra mente y en nuestro corazón.

La lección del esfuerzo, el coraje y la determinación acababa de grabarse a fuego en nuestra manera de entender y afrontar la vida.

 

Entonces la plaza de la principal de la ciudad se colmaba, todos queríamos ver al triunfador, sentirnos parte de la hazaña. Los empleados municipales se acomodaban en generosa escalinata de piedra, que era el acceso a la Biblioteca Municipal, los estudiantes del Colegio Bolívar se agolpaban en los ventanales de la gran casona; las más bellas jóvenes del pueblo lucían sus mejores galas y adornaban con la belleza de la mujer tulcaneña el escenario desde los balcones de las casas de dos plantas que circundaban el parque central y el Alcalde de la ciudad en un discurso fervoroso, resaltaba las características de los valientes tulcaneños y carchenses que una vez más mostraban su temple ganador ante el país y el mundo.

Así, entre discursos, aplausos y la música de las bandas, moría otra tarde gloriosa en el pueblo, donde los niños esperábamos crecer de prisa para tener una bicicleta y trepar al “Guagua Negro”, porque esa era la manera de demostrarnos a nosotros mismos que teníamos el temple y el coraje para ser reconocidos como hijos dignos de esta tierra.

 

El pueblo de los hermanos Pozo, los Martínez, los Chugá, los Imbacuán, los Padilla, los Rosero, los Rodríguez, los Pastáz, los Gualagán, los Hernández, los Montenegro, los Caicedo, los Ibarra, los Obando, los Villagómez, los Chiles, los Huertas. Los Huera, los Cárdenas, los García, los Rosas, los Guama, los Carapaz y tantos y tantos que sería imposible nombrar a todos.

Son los pedalistas de la Provincia del Carchi, gente de cuna humilde con la decisión, temple y coraje que se necesita para ir en pos del triunfo y construir un futuro digno gracias a la fuerza de su pedaleo, su fortaleza mental, tenacidad y trabajo en equipo.

Para los jóvenes del Carchi, la bicicleta es un símbolo de libertad que se convierte en una herramienta de trabajo o en una oportunidad para forjar su futuro en el deporte, que se logran con años de entrenamiento exigente y que, en el caso de los carchenses, son parte de la rutina de ir desde su hogar al lugar de sus estudios o a sus labores en el campo.

 

La geografía agreste de la provincia es el mejor escenario donde se prueba la fuerza y la tenacidad de los jóvenes, para luego ponerla en práctica en las competencias con rivales de gran categoría y salir ganadores en escenarios difíciles a nivel nacional e internacional.

Ustedes son nuestro orgullo, porque llevan en su sangre la estirpe de los nacidos en la Provincia del Carchi.

 

Mirarlos a ustedes y sus bicicletas es la mejor manera para identificar a la gente de nuestro pueblo, cuna de personas fuertes física, mental y espiritualmente, disciplinados, inteligentes y capaces de dar testimonios de trabajo, de coraje y capaces de sorprender al mundo cuando actuamos con libertad; por estas razones nos representan, porque nos identificamos como pueblo en ustedes.

Con frecuencia miro que los estudiosos de la historia carchense hurgar en el pasado obscuro de los ancestros y está bien, pero creo que la mejor versión de la historia del Carchi está en proceso de construcción y de forma muy cercana en el ciclismo.

 

Recordemos una página brillantísima del ciclismo carchense: la victoria de Richard Carapaz y el CICLISMO EN ESTADO PURO en las Olimpiadas del Japón 2021

 

Había que volver a mirar la competencia de ruta de las olimpíadas de Tokio del 24 de julio 2021 sobre todo los últimos 50 kilómetros de los 234 de prueba olímpica.

 

Una demostración de ciclismo en estado puro, como a mí me gusta; luego de recorrer los primeros 180 kilómetros, había que colocarse en la cabeza de la competencia en un pequeño grupo de ciclistas, la élite del ciclismo mundial, cada uno con sus expectativas, cada uno con su país, con la mirada puesta en el podio, sin gregarios, sin apoyo de comunicaciones, apenas con el soporte técnico a una distancia prudente, un momento de soledad, para intentar ganar el podio olímpico por sus propios medios y capacidades.

 

Entonces cada uno de ellos puso a prueba su carácter, su fortaleza física y mental, sus arrestos físicos, las estrategias, la concentración y la capacidad para encontrar una oportunidad, un resquicio por dónde abrirle un espacio para ganar.

En medio de este grupo de punta, en una posición discreta y a la expectativa, agazapado el ecuatoriano Carapaz, a la atención para encontrar el momento preciso, para poner en juego sus cartas de triunfo.

 

Cuando el monstruo del ciclismo mundial del momento intentó la escapada, el ecuatoriano salió inmediatamente a la marca para no abrir la brecha.

 

Parecía que volvía la calma al grupo de punta, hasta que, cuando faltaban 25 kilómetros para alcanzar la línea de meta por el lado izquierdo de la calzada un ciclista norteamericano jaloneó con furia para encontrar un espacio de ventaja, al mismo instante por el lado derecho el ecuatoriano Richard Carapaz se unió al ciclista norteamericano y en el fugaz espacio de tiempo abrieron una brecha de unos cuantos segundos que posibilitaba la posibilidad de la escapada del par de deportistas de los Estados Unidos y del Ecuador.

 

Los ciclistas que aparentemente estaban destinados para lograr la victoria, no pudieron responder y no pudieron dar caza a los escapados.

 

La respuesta del norteamericano y el ecuatoriano fue consistente por un tiempo, la brecha se mantenía y amenazaba con recortarse y terminar el intento de fuga, entonces el carchense sacó lo mejor de sí, rompió la resistencia de su compañero de escapada, con un par de jaloneos que el norteamericano, no pudo responder entonces Carapaz, emprendió un ritmo fuerte, imposible para su compañero de fuga y se fue solo.

 

Y así fue, un canto en solitario de ciclismo en estado puro para la victoria, a un ritmo sostenido, alegre, solvente, imposible de vencer.

 

Ante lo que veíamos en vivo y en directo, aquella madrugada en la pantalla de los televisores y ante la inminencia de la victoria, se desataron, las emociones y las lágrimas de 18 millones de ecuatorianos que vibramos con este triunfo olímpico, protagonizado de uno de los nuestros, solo frente al mundo, “primero”, ganador, en un escenario maravillosos, enigmático y lejano, entonces un joven de 28 años nacido en la población del Carmelo en la Provincia del Carchi le regalaba al pueblo ecuatoriano un maravilloso baño de oro olímpico y de felicidad, todos lo vimos en la pantalla en tiempo real.

Luego de recordar estos momentos de clímax en su máxima expresión, señores ciclistas, permítame aplaudirlos de pie a todos ustedes, porque en el devenir de sus carreras deportivas, todos en su momento sacaron a flote su estirpe, su capacidad, su inteligencia, su fortaleza mental, la fuerza de su espíritu y poner en lo más alto su nombre, el de su equipo, el de su país, el de su provincia, el de su familia, el de su pueblo.

 

He manifestado en más de una ocasión que sus éxitos deportivos, para nosotros los ecuatorianos y de manera especial para los carchenses tiene un sabor muy especial, que cala en lo más profundo de nuestro ser, puesto que sus triunfos, los hacemos y los sentimos nuestros, porque en usted nos reconocemos, porque compartimos las mismas raíces culturales, la de los carchenses, la de los ecuatorianos, decididos, con temple y coraje, que se necesitan para ir tras nuestras más preciadas metas.

 

Todavía esta historia no ha terminado, hay que llegar con más carchenses, más ecuatorianos allá donde moran los grandes dioses de Olimpo del ciclismo, los Fausto Coppi, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Miguel Induráin, los Pogachar.

 

Para alcanzar las metas más ambiciosas y triunfar. Claro que en el plano individual se necesita la historia, la prehistoria, la de los Esquitini o los Urresta, la de los hermanos Pozo, la de Los Montenegro, los Chiles, Los Rosero, los Rodríguez y de todos ustedes, esa historia de temple, decisión y una férrea disciplina, en lo colectivo se necesita decisión política, trabajo en equipo, auspicios, recursos humanos, tecnológicos, científicos, estratégicos, para que se puedan ganar vueltas importantes, campeonatos mundiales, más medallas olímpicas.

 

La carrera de un deportista de élite es corta, pues se reduce a algo más de una década y ustedes tuvieron la oportunidad de realizar sus carrera deportivas en la medida de sus posibilidades y con ello “embellecieron su propia vida” y como un efecto maravilloso, pero secundario, alegrar la vida de personas comunes que nos sentimos identificados con ustedes, porque son de los nuestros.

 

Sus experiencias de vida, les indica con claridad los efectos que producen los triunfos y las victorias, euforia, vivas, abrazos, lágrimas, ofertas que con frecuencia no se cumplen, agradecimientos, homenajes, ser objeto del oportunismo de algunos político que buscan aprovecharse de su popularidad, pero al final, son ustedes con sus decisiones que construyeron sus vidas de forma inteligente, serena y oportuna.

 

Ustedes tuvieron el privilegio de integrar los mejores equipos del mundo del ciclismo, recorrer países, rodearse de conocimiento, tecnología, formas culturales, disciplina y usted pudieron hacerlo y en un tiempo que fue limitado y fugaz.

Entonces ahora que se cumplen 60 años de la “historia” del triunfo del gran Hipólito Pozo Gonzales, vaya para ustedes y todo el ejército de personas del ciclismo en diferentes roles, dirigentes (una mención especial para el Dr. Nelson Polibio Dávila y su equipo de trabajo), a los mecánicos, auspiciantes, equipos médicos, acompañantes, nuestro homenaje lleno de admiración, agradecimiento y un profundo afecto.

Nuestro agradecimiento imperecedero por las alegrías que le regalaron al pueblo que los vio nacer y ahora los aplaude de pie.

 

Muchísimas gracias.