Desde la mirada de Daniela
Despedida a mi abuelo
En YouTube, en: https://youtu.be/xMsKdcm0MpI
No soporto el ruido del mundo, mi abuelo acaba de morir.
Venimos de un pueblo donde la muerte se acompaña con lluvia y ayer, en medio de una sequía de meses, unas gotas cayeron sobre la ciudad, debí saber que era por él, el hombre más fuerte que conocí, el hombre que subía montañas con pantalón de vestir y zapatos de suela.
Carlos Santacruz no fue un tipo famoso o perfecto, pero fue extraordinario en la cotidianidad, arreglando lo que hiciera falta, cazando un ratón, metiendo las manos en el bus, caminando grandes distancias o cargando a sus nietos, uno en cada brazo como quien sostiene la historia de una familia.
- La bendición, abuelito
- Dios te bendiga, hijita ¿De dónde vienes? preguntaba.
¿De dónde venimos? De él.
De un hombre que se levantaba a las 3 am a manejar una volqueta como acto de amor a su familia; un hombre que apenas culminó la educación básica, pero le apostó todo a la educación universitaria de sus hijos porque la única forma de amar que conocía era el trabajo duro y el esfuerzo; del hombre que tomo las decisiones necesarias para que cada uno de nosotros esté aquí y ahora.
Somos la medida de quien fue él. Sus hijos, nietos y bisnietos lo llevamos en el pecho. Es lo único que explica cómo hemos podido atravesar y superar todo lo que la vida nos ha puesto adelante y seguir de pie. Somos personas de trabajo y decisión porque él lo fue.
No soporto el ruido del mundo porque él no está y todo debería estar en silencio ante su partida, porque el mundo perdió a uno de los hombres más comprometidos con el esfuerzo y el trabajo, pero también con la ternura.
Yo no conocí al padre, pero conocí al abuelo. El que me llevaba comida china en los cumpleaños y me guiñaba el ojo para darle la vuelta a un vaso de tequila (aunque los hijos me gritaran que no le dé de tomar). El que nunca hizo faltar una funda de caramelos en Navidad y era un tigre para un bingo, el que nunca me hizo faltar una bendición que se sentía como un escudo protector. El que sabía todas las historias y sus palabras se sentían como un carboncillo que dibujaba la silueta del mundo y la gente que nos precedió.
¿Cómo se despide al pilar que se sostiene el mundo?
Ojalá pudiera ser más elocuente, ojalá pudiera darles mayor consuelo, ojalá pudiera sacar una frase extraordinaria que resuma el sentir colectivo sobre la pérdida de un padre, un abuelo, un bisabuelo, pero la muerte deja más vacíos que certezas, deja preguntas sobre quienes somos y la tarea que nos queda.
No se trata de llenar sus zapatos sino de respetar sus huellas que marcaron el camino. Cargando lo que se tenga que cargar. Un carajo y hacia el frente.
Ojalá la vida hubiera sido más fácil para él. Desearía poder retroceder en el tiempo y abrazar al Carlos niño que tuvo que guerrearle a la vida cada trozo de felicidad, decirle que más adelante va a formar una familia numerosa que jamás fallaría cuando se tratara de estar a su lado, que sería el consentido y que forjaría un sentido de identidad tan fuerte que nos haría sentir profundamente orgullosos.
Sé que ahora estás de vuelta en los años mozos, de la mano de la Laurita. Quiero decirte que no quedó nada pendiente con esta familia, que el dolor es inmenso porque tu fuiste inmenso y que vamos a llorar otro ratito, pero gracias por tu vida y por la nuestra.
Daniela Mora Santacruz

