La MADRE entendida como el ser humano femenino que ha dado la vida y por ello no ha perdido su humanidad, que no la anula, no la distorciona, no la victimiza, no la convierte en la heroína del segundo domingo de cada año.
NOS ENAMORAMOS DE LA PROFESORA DE LA ESCUELA “11 DE ABRIL”
En Tulcán, conocí la noticia de que la Escuela “11 de Abril”, donde compartí seis años de mi vida estaba abandonada y que los alumnos se fusionaron con la Escuela Cristóbal Colón.
En esa escuela hay muchos recuerdos y unos que perduran son los de mi profesora que muchos alumnos de ese centro educativo se van a identificar.
Este es un relato que guarda memoria y nostalgia.
Su verdadero nombre está oculto en mi corazón.
La profesora Rosita María abrió la puerta del aula escolar; los niños guardamos un silencio sepulcral.
Recorrió el camino hasta su escritorio mientras sus tacones sonaban, tac, tac, tac. Separó su caja de maquillaje y ocultó su cartera café en el cajón de su escritorio.
Todos, con la boca abierta, la miramos detenidamente. Tomó su lápiz labial, pintó su boca despacio, resaltando sus formas, y luego nos tomó lista con su pintalabios, apuntándonos como si fuera una metralleta. Nos enamoró a treinta niños de seis años.
Fue a primera vista; todos encantados con su voz, su mirada, su piel, el cabello, y su dulzura.
Era el pintoresco nombre con un cierto timbre entre “sarcástico y poético” de la cantina de mala muerte frente al cementerio de la ciudad.
Era el refugio de todos los personajes del pueblo, sin importar su edad, ni sus ocupaciones, se los podía identificar de acuerdo a la hora en que llegaban a ese amago de taberna y lo hacían sin prisa y luego de unas horas se alzaban el cuello de su abrigo y se retiraban con una sonrisa de cómplice y pecaminosa satisfacción.
Por ese lugar pasaron los señores profesores, los taxistas, los cambistas de monedas, los abogados, jueces y amanuenses, los estudiantes, también los consuetudinarios cargadores del mercado, nunca faltaron los futbolistas que venían del Quillasinga a la cantina, para festejar la victoria o para amortiguar la derrota, para discutir el resultado del partido, para insultar a la madre del árbitro, para analizar las estrategias de juego o para pasar el agridulce sabor del empate.