Los invito a disfrutar de una página del realismo mágico carchense.
EL CALDO DE VIDRIOS
A propósito de la muerte de Don Baltazar Ushca, vinieron a mi memoria los tiempos de mi niñez, cuando llegaban las mulas cargadas con bloques de hielo, envueltos y amarrados en la “paja del páramo” al “mercado de abajo” de Tulcán y lo traían desde el “Cumbal”.
De allí nacían los clásicos refrescos del pueblo: “Los cumbalazos”.
De limón, de piña y de tamarindo de las manos de las mujeres de mi tierra como Doña Leonory sus compañeras de trabajo a un costado del viejo mercado que atendía al norte de Tulcán, entre la Sucre, la Boyacá y la Bolívar.
Por estos puestos clásicos del pueblo, pasamos todos, descansamos y saciamos nuestra sed en las bancas de madera pintadas de color verde.
De la escritora surcoreana nacida en Gwangju, Corea del Sur Han Kang (1970), la primera mujer asiática ganadora del premio Nobel de Literatura 2024.
La vegetariana (2007)
El internet, pone el mundo en las manos, cuando buscamos una determinada información, la tenemos al alcance de la mano de forma inmediata.
Hasta esta mañana no tenía idea de quien era la ganadora del Nobel de Literatura 2024 Han Kang, sin embargo, en unas cuantas horas he visto algunas de sus fotografías, he ubicado en el sur oeste de Corea del Sur su ciudad natal de alrededor de 1’400.000 habitantes Gwangju, he intentado conocer algo de la cultura coreana, amén de la escasa información que tengo de ese país asiático y con ello he leído su novela publicada en el año 2007 “La vegetariana”.
Fiel a mis convicciones NOhe leído el prólogo, para tener una primera impresión del libro sin algún tipo de apreciación que no sea la de leer un libro para dejarme permear por él y en este caso de su autora.
El primer objetivo, es entender ¿Cómo escribe el autor, en este caso la autora?, ¿Cómo estructura sus ideas?, ¿Cómo las propone?
La segunda es entender la trama, ¿Cómo lleva su historia?, ¿Desde dónde la mira?, ¿Quién la expresa?, ¿Qué tipo de sensaciones me provoca?, ¿Cuál es el desenlace?
Siempre le ganaba al sol, sus incansables pies corrían de un lado a otro mientras todos dormían, sus manos diligentes preparaban todo conforme su mente lo había ordenado, incluso, antes de abrir sus grandes ojos marrones.
Cual hechicera cotidiana parecía decretar que cada cosa en la cocina ocupe su lugar, sargento de orden familiar: bañaba, vestía, peinaba a cada hijo, y los enfilaba junto a la mochila y la lonchera. Seis con cuarenta y cinco en punto todos limpios, menos ella, empezaban la caminata diaria hacia la escuela. Mientras a lo lejos escuchaba un hasta luego del marido, que vestido de traje se dirigía a la oficina.
Distraída en sus asuntos, escondida bajo un poncho rojo o azul, presurosa en su andar, despedía a sus hijos en la puerta de la escuela, para trasladarse a la plaza, a la panadería o al bazar según se haya trazado la agenda diaria en su memoria.
Una tarde de estas, caminaba cuesta arriba con dirección a mi departamento e iba sumido en mis pensamientos, de repente en la esquina cerca de llegar a mi destino la vi a esa mujer y quedé paralizado…
…
El tiempo de matrículas era una tortura, porque teníamos que enfrentarnos a la oficina de admisiones, dónde el tribunal inquisidor a cargo, intentaba exprimirnos a los padres de familia de manera que de nuestros bolsillos saliera el máximo de nuestras posibilidades económicas.
Dentro de los trámites debíamos llevar los justificativos de nuestros ingresos y propiedades, para tasarnos el valor de la matrícula y pensiones que podrían imponernos para extender la matrícula a nuestros hijos.
Por lo general la sala de espera estaba llena de personas silenciosas, acongojadas y taciturnas a la espera del llamado de la encargada de fijar el monto a pagar por la educación de nuestros hijos.
Cuando sonaba el nombre de los nuestros, nos llegaba una sensación de un corrientazo eléctrico nos sacudía nuestra espalda, entonces nos poníamos de pies con la carpeta de justificativos entrabamos a la oficina.