Parroquia: Mira

La Gallina de Plata

Era verano en las sementeras y cie­los de Mira. Un tiempo algo extra­ño porque la niebla de Guanga, que baja densa por las colinas aún no llegaba. La demora fue como una premonición, y un viento frío, de pronto, se escurrió en el ambiente.

Las manos aún estaban ásperas por­que por la mañana lavé la ropa para la semana. Las prendas estaban colgadas y se aireaban con el clima imperante. Los trajes flotaban en el viento y caía la tarde en el jardín extenso, donde domi­naba un árbol de aguacates y uno de nísperos, que traían el aroma de sus frutos.

Serían casi las seis de la tarde cuan­do salía a recoger la ropa, en medio de los surcos apareció una gallina de her­moso plumaje y cresta altiva. A sus pa­sos lentos seguían sus polluelos, que pi­coteaban la tierra en busca de gusanos. Eran varias aves que raspaban sin prisa.

Después de esta imagen me dije, qué raro, si nosotros no tenemos galli­nas. Pensé que estaban perdidas o que se habían introducido al jardín por algu­na abertura, desconocida para la familia y también supongo para los vecinos que debían estarlas buscando.

Me sorprendió ver que la gallina era mansa, al igual que sus polluelos. Tal era mi curiosidad que seguí a los emplu­mados que caminaban entre las matas y los árboles. La gallina parecía esperar­me para seguir su recorrido plácido. Su mansedumbre difería con las otras de su especie que no permiten que se acerquen personas o animales especial­mente perros y cuando lo hacen defen­diendo a sus polluelos, como si tuvieran garras en lugar de plumas.

Me agaché. Como llevaba puesto un delantal, hice una miclla con el y fui colo­cando a los pollitos uno por uno. Cuando ya tenía bastantes, como siete más o me­nos, escuché una voz que me llamaba por mi nombre, a grandes voces, como si se tratara de algo urgente:

-¡Luz María!, i Luz María!, i Luz Maríi i i i i i i i i i aaaaaaaaaaaa!

Pensé que era mi madre y contesté:

-Estoy ocupada, ya voy

Regresé para terminar la labor, siendo de una mano la miclla que la sentí con menos peso. Cuando la abrí, no encontré ni los polluelos, peor la gallina, que hasta hace un momento estaba hurgando la tierra.

Aturdida regresé a la casa, refregándome los ojos para comprobar que todo alrede­dor aún fuera una realidad.

Cuando le pregunté a mi madre para qué me había llamado, se sorprendió.

No hijita, me dijo, yo estaba adentro haciendo el pan.

Después de contarle esta extraña ex­periencia me dio una taza de agua de toronjil y me pidió que me sentara en el bordo de la cocina. Después habló pau­sadamente.

Me contó que la gallina mansa y los pollitos tienen un motivo para aparecer. Son los emisarios para mostrar un fabuloso tesoro pero hay una condición: cuando se recoge a los pollitos y hasta la gallina, es preciso no distraerse, aunque griten continuamente nuestro nombre. En caso contrario como lamentable­mente me ocurrió a mí desaparecen.

Es esta gallina mansa y sus pollue­los, que al caer la tarde indican a quie­nes no se distraen el sitio de un entierro de plata. Son como las mensajeras. Ahora, cada tarde que acudo a recoger la ropa espío por si la gallina del tesoro. Me imagino en sueños a una gallina de plata que camina picoteando los surcos. Más, ido el conejo, viene el consejo se que esta ave de fábula puede que en estos mismos instantes que cae la tar­de esté hurgando otros jardines y espe­ro que otras personas puedan contener­se al oír su nombre, que después ten­drán filigranas de plata.

 

 

Tomado del Libro “MEMORIAS DE MIRA”
Autor: Rosa Cecilia Ramírez Muñoz