La Langosta de Oro.

Parroquia: Mira

Las langostas llegaron al descuido.

Eran capaces de enturbiar el cielo y se dirigían como nubes de alas pesadas sobre los ojos atónitos de quienes las veían, aunque al principio creían que eran pájaros. La conmoción llegó, después de una visita a las sementeras, cuando los niños, como si se tratara de un juego, llegaron con algunas langostas muertas.

Con solo nombrarles, los mayores recordaban enseguida las lecturas del Antiguo Testamento: las Siete Plagas de Egipto, ue aunque casi nadie precisaba, se figuraban que las langostas eran capaces de entrarse hasta por los ojos. Claro que la noticia llegó de boca en boca, porque en la segunda década del siglo XX, no solo que no habpia radio, sino que los acontecimientos se sabían durante las ferias de los fines de semana.

Pero la noticia de la invasión llegó antes del miércoles. Estos voraces insectos de, más de diez centímetros y de antenas fatales arribaron primero sobre la región de La Concepción, y después a las plantaciones de fréjol, maíz, cebada, trigo... en otras palabras acabando con todos los sembríos que se les cruzaba en su trayecto.

Durante la procesión, los Priostes llevan en andas la imagen de la Virgen de La Caridad.

Por las noches, los niños se imaginaban a las langostas como unos animalejos de dientes afilados y capaces de distinguir a la distancia. Como eran insectos que nunca se habían visto, su presencia provocó un miedo ancestral que venía en una palabra: la Plaga.


Los moradores de Piquer fueron los primeros que llegaron con la evidencia de este insecto ortóptero saltador, aunque a nadie, en ese momento, se le ocurrió averiguar su designación en latín. Qué importaba que se llamara locusta, si sus hermanas habían arrasado las plantaciones en una sequía prodigiosa que ahora parecía no dejar ni el rastrojo. Es que fue tan trágica la llegada de la Plaga, no solamente porque las langostas se reproducen admirablemente, sino porque los pobladores de Mira habían esperado estas cosechas como quien espera el último destello de esperanza.

 Piedra Bautismal, Inscripción: Por MD0 DEL PE FRANC0 ROS YANEZ ANO DE NS+ VXPO 1597

Al frotarse las alas, las langostas producían un ruido temible y los mírenos se imaginaban esa otra sonoridad, al masticar los maizales. Era como si estos animales voraces hubieran tomado la decisión de quedarse eternamente. Sin embargo, después de la impresión y el asombro de la invasión, algunos mireños más serenos tomaron la única decisión salvadora: Nuestra Señora de La Candad.

Primero, porque pensaron que era la única que podría salvarles de tal acontecimiento y, segundo, porque en esa época no se sabía de plaguicidas y porque el remedio de ahuyentarles con humo que profetizó un poblador parecía una idea demasiado descabellada.
Tuvo más peso, la decisión de sacar en andas a la Virgen de La Caridad, de rostro purísimo y de manos protectoras, para que con su sola presencia las malvadas langostas alzaran el vuelo. Por este motivo todo el pueblo de Mira inició una peregrinación hasta el sitio denominado El Diviso de Guanga. Había ten¬sión en el ambiente, pero también una solemnidad en esa batalla inusual entre la imagen de madera que representaba a la Virgen, y las langostas que, a esa hora, ya habían iniciado a devorar su incontable plantación de maizales, con unos chirridos agudos, mientras movían las antenas.
Pero ya avanzaba la procesión con la imagen de la Virgen a la cabeza, en el verano de 1915, rodeada de los niños sacristanes, conocidos en esa época como ciriales. El cura, con sus insignias y agua bendita, era el adelantado de un espectáculo donde las fuerzas de la Naturaleza competían con las deidades. Entre esos infantes vestidos de monaguillos iba el niño Pablo Muñoz Vega, que a esa hora ni se imaginaba, que décadas más tarde sería el segundo Cardenal de la Iglesia Católica del Ecuador. El párroco de Mira Dr. Avelino Villota, ofició una Misa solemne.
Tenía los ojos profundos cuando le suplicó a la Virgen de La Caridad, que salvara a la región de semejantes animalejos verdes, con el color de los pastizales tiernos, que no eran nada debido a la intervención de sus mandíbulas.
A esa hora, el sol canicular anunciaba otro día de sequía y era, para las langostas, como estar en su salsa. Como fuera, parecía que la batalla estaba perdida porque el clima parecía proteger a la plaga, que seguía engullendo todo lo que encontraba a su paso. Regresó la procesión con su Virgen en andas y entró a la iglesia de Mira. No había señales en el cielo que presagiaran inmediatamente la huida de las langostas. Apenas una nube lejana parecía indicar que estaba cargada de agua. De pronto el cielo se oscureció. Cuando alzaron a ver, unas enormes gotas caían para crear un torrencial histórico, justo en el centro de una sequía indolente, como las patas de las langostas que, ahora se enfrentaban con el agua.

Al otro día, fueron los pobladores de varios caseríos quienes trajeron evidencias: tres langostas - verdes y de antenas caídas- que se habían ahogado. Con el ánimo de que la desgracia ajena puede ser beneficio propio, los mírenos salieron a los campos para recoger los cadáveres de los insectos, que parecían - ahora sí- plantaciones de langostas, aunque nunca dieran fruto.


Los Pobladores de Mira agradecidos por lo que atribuyeron a un milagro, de las langostas muertas en el agua, de Nuestra Señora de La Caridad, enviaron a un delegado hasta Quito, a la calle que se llamaba antiguamente de Los Plateros, para que confeccionaran un símbolo que los protegiera de esa plaga: una langosta de oro.


En las primeras fiestas, después de esa cosecha trágica, la Virgen de La Caridad lucía en su pecho la deslumbrante langosta de oro, que tenía sus antenas buriladas con una dedicación extrema, como si el orfebre hubiera sentido el vuelo de los insectos por los cielos de Mira.

 

 

Tomado del Libro “MEMORIAS DE MIRA”
Autor: Rosa Cecilia Ramírez Muñoz